En los últimos meses he estado trabajando en lo que probablemente es el proyecto más importante que he hecho hasta ahora: LILA. Y ahora sí que sí, está muy cerca de ver la luz 🥳
Pero la verdad es que LILA no empezó como una app, ni siquiera como una idea de negocio. Empezó de algo bastante más pequeño y difícil de explicar. Más bien de una sensación que se repetía una y otra vez mientras trabajaba con distintas personas y las ayudaba a organizar su dinero.
Después de más de dos años acompañando a mujeres con sueldos normales, empecé a notar que había algo que no terminaba de encajar. Y no era falta de interés, porque la mayoría quería hacerlo bien de verdad. Querían ahorrar, organizarse, dejar de sentir ansiedad con el dinero y tener esa sensación de tranquilidad que parece que todo el mundo tiene menos tú.
Tampoco era falta de información. Hoy en día hay métodos, vídeos, plantillas y consejos por todas partes. Y aun así, muchas veces terminaba pasando lo mismo: empezaban con ganas, les dedicaban tiempo durante unas semanas y, poco a poco, acababan dejándolo.

Cuando empecé a mirar el problema de otra forma
Durante mucho tiempo, la explicación que muchas de ellas se daban a sí mismas era bastante dura. Pensaban que les faltaba disciplina. Que no eran constantes. Que simplemente “se les daba mal” organizarse.
Y cuanto más lo veía, más injusta me parecía esa conclusión.
Porque honestamente no daba la sensación de que estuvieran fallando ellas. Más bien parecía que muchas de las herramientas financieras estaban construidas desde un lugar demasiado teórico, demasiado pensado para cómo debería funcionar una persona… y no para cómo vive realmente alguien que trabaja, llega cansada a casa, tiene mil cosas en la cabeza y una relación emocional con el dinero que no siempre es racional.
Ahí fue donde algo empezó a cambiar también en mí. Dejé de pensar tanto en cuál era el método perfecto en abstracto y empecé a hacerme otra pregunta: qué tipo de sistema puede sostener una persona real en su día a día sin sentirse constantemente agotada o fuera de lugar.
El problema no era la falta de ganas
Porque cuando algo te exige convertirte en una versión completamente distinta de ti para poder mantenerlo, lo más normal es que no dure. Y eso no tiene necesariamente que ver con hacerlo mejor o peor, sino con que el punto de partida quizá nunca fue realista.
Creo que durante mucho tiempo hemos entendido las finanzas personales como algo muy rígido. Como si organizarse bien significara hacerlo todo perfecto, no desviarse nunca del presupuesto y tener siempre la sensación de control absoluto.
Pero la vida real no funciona así.
Hay meses mejores, meses peores, momentos en los que tienes más energía para organizarte y otros en los que simplemente sobrevives un poco como puedes. Y cuanto más trabajaba con distintas personas, más claro veía que el problema no era que no quisieran mejorar sus finanzas. El problema era que muchas veces las herramientas no estaban pensadas para acompañarlas de verdad en esa realidad.
Ahí fue donde empezó realmente LILA

Poco a poco, casi sin darme cuenta, empecé a imaginar algo distinto.
No quería crear otra herramienta más que te hiciera sentir que llevas tus finanzas “mal”. Tampoco quería una app pensada solo para personas ultra organizadas o obsesionadas con optimizar cada céntimo.
Quería crear algo más visual, más ligero y más fácil de sostener en el tiempo. Algo que ayudara a entender tu dinero sin sentir que gestionar tus finanzas se convierte en otro trabajo más pendiente en tu lista.
Y de esa forma de mirar el problema fue como empezó a tomar forma LILA.
Todavía queda muchísimo camino por delante, pero hay algo que tuve claro desde bastante pronto: LILA no nació para ayudarte a tener unas finanzas perfectas. Nació para ayudarte a construir unas finanzas más sostenibles, más claras y mucho más adaptadas a la vida real.




